Hábitos

Los mejores hábitos para la vida

Reflexiones, Salud Mental

Soy esa mujer que no necesita probar nada a nadie

No soy una mujer complaciente, es decir, no vivo para complacer a los demás. No tengo nada que probar, no tengo que llenar los zapatos de nadie ni cumplir el estándar que otro puso. Yo misma me he construido mis propios estándares y estoy destinada a cumplirlos.

No aparento, soy lo que ves. No finjo porque no me hace falta, soy todo lo que muestro ser. Sigo las modas que me gustan, y las que no, no aparento que me gustan, solo las ignoro.

Dejé de sufrir de pena hace tiempo. Mi mamá siempre dijo que “pena” son cuatro letras, seguramente tu madre también te lo decía en un intento de restarle importancia a lo que te intimidaba. Ahora, cada vez que la pena se asoma hago pequeño, muy pequeño, todo aquello que me acobarda, repitiendo en mi mente “pena son cuatro letras”.

No doy consejos desde una postura de superioridad a otras mujeres. No me creo mejor, pero tampoco la peor, doy mi opinión si me la piden. Y no niego que sea difícil tragarme mis palabras cuando no me la han pedido, pues básicamente se me hace fácil formularme una opinión sobre todo. Sin embargo, mi madre me enseñó a respetar, a no meterme en la vida de los demás. Porque así como no quiero llenar los estándares de los demás, no quiero imponer a otros mis estándares.

No quiero relacionar mi realización personal con la idea de éxito que todo el mundo quiere. El solo pensarlo me agota. Voy a mi ritmo, soy toda una conquistadora, en mi cabeza soy una guerrera, pero nadie más que yo necesita saberlo. No quiero gritar que soy exitosa ni perseguir lo que los demás dicen que es éxito. No soy conformista, tampoco soy una frívola ambiciosa, persigo la humildad como el duende que busca oro, la prosperidad como el colibrí al néctar y la paz como el ciervo a las corrientes de agua en el desierto.

No me da miedo decir “no sé”, “no entiendo” “no conozco”. Antes mentía cuando me hablaban de libros y películas y decía “ah, sí sí”. Pero era la adolescencia, cualquiera se sienten intimidado a esa edad. Ahora tengo más hambre por aprender, no me da pena decir que no sé nada porque entendí que eso demuestra una visión amplia de la vida. Hablo de las cosas que sé y conozco no como experta, sino como quien quiere aprender un poco más. Y cuando me encuentro frente a algo que desconozco por completo, no tengo miedo de decir “no sé” seguido por un “explícame”. Y allí comienza una nueva aventura.

No le tengo miedo al amor ni tampoco al perdón. Soy un ser imperfecto y de allí viene mi gracia. No mido a los demás con una vara más alta que la mía y como siempre quiero ser perdonada, entonces, siempre perdono. Si amo, perdono, y si aun después del perdón no puedo tolerar otro agravio, entonces dejo ir.

La vida se me está haciendo corta y lo que necesito es ser sincera, rodearme de personas sinceras y tener paz.

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