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Reflexiones

Ser cordial no cuesta nada

Las relaciones humanas, ese trato entre personas que conviven en la familia, en el trabajo, con los vecinos o en la calle, como simples peatones o a bordo de un automóvil imponente, están en peligro de agriarse por el ritmo cada vez más acelerado con el que se vive. En general, cada quien está preocupado por sus cosas y se desentiende de las necesidades de otras personas.

Por eso, si en todo tiempo se ha estimado la cordialidad como algo verdaderamente valioso para la convivencia, ahora se está haciendo a todas luces imprescindible.

Un cóctel de cualidades

¿De qué está hecha la cordialidad? No se puede definir con un solo objetivo, no se puede calificar de una sola manera. Se logra con una mezcla de ingredientes que, agitados en la coctelera, dan como resultado una persona sumamente agradable.

Hay que poner en primer lugar la alegría, luego el ánimo y finalizar con optimismo, de forma que la relación inmediata ante la persona sea siempre una sonrisa abierta.

Ser recibido con alegría reconforta, porque de alguna manera el subconsciente ve detrás de la alegría la demostración de que esa persona estima tu presencia como algo bueno para ella. La madre de la familia que acoge a quienes llegan a su casa, familiares, amigos o desconocidos, con un buen semblante, está realizando con esa actitud mayor bien a todos que con miles de palabras, sobre todo si eso lo hace de manera habitual.

Palabras más o menos cargadas de calor

En la cordialidad intervienen también las palabras que se dicen y el tono o calor que se pone en ellas. Los investigadores del lenguaje estudian el grado de afecto de las palabras, incluso de las que significan lo mismo. Son interesantes los adjetivos que las acompañan: entre decir “niña” o “mi niña” hay un mundo de diferencia, un sencillo “mi” ha llenado de ternura la palabra.  

Las palabras van unidas de un sonido que les aporta elementos de cordialidad, al dirigirnos hacia otras personas es necesario modular el tono y hablar con un lenguaje amable, positivo y estimulante. Pero, además la cordialidad debe tener sinceridad, pues frases amables las hace cualquiera que se lo proponga.

Lo que antes se conocía por “buena educación” se centraba en cultivar unas buenas maneras de comportarse y hablar. Eso no es suficiente, porque a través de la intención puede o no notarse que se trata de algo puramente superficial.

La sinceridad y la franqueza se forjan desde el fondo del corazón, y fluye de adentro hacia afuera. La cortesía es a modo de máscara exterior; preferible por supuesto a los malos modos, pero no puede calificarse como cordialidad.

Ser sincero contribuye a la cordialidad cuando de verdad se sabe buscar el aspecto positivo de todas las situaciones y de cada una de las personas porque, en caso contrario, si solo se resalta lo negativo, se pueden encrespar las relaciones humanas.

Conseguir en las distintas sociedades en las que un individuo participa, un ambiente cordial, es algo que contribuye a la convivencia en paz y armonía. Debemos tener este firme propósito e intentar mejorar cada día en el trato con nuestro entorno.

¿Qué opinas de ser cordial? Responde más abajo y comparte esta reflexión en tus redes sociales.    

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