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Los mejores hábitos para la vida

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Ordena tu mente, ordenando tu casa: el simple hábito que aconseja un monje

Los monjes zen aprenden un principio fundamental: ordenar la casa es como ordenar la mente, y viceversa. La casa funciona como una metáfora de nosotros mismos por dentro, y a veces, manifiesta cómo estamos.

Así que si somos personas que persistimos en guardar cosas viejas, rotas o sucias, eso puede revelar los malos apegos al pasado, los rencores o las viejas heridas sin sanar. Si somos desordenados, postergamos la limpieza del hogar y somos tan descuidados que dejamos que la comida se dañe en el refrigerador, esto puede indicar que nos estamos postergando a nosotros mismos y que el orden de prioridades no está en balance. Esto, según la filosofía zen.

El orden no es sinónimo de perfección, tal y como sucede en una casa, para que haya orden debe haber un movimiento persistente del caos. Es decir, debemos estar ordenando y limpiando constantemente y a perpetuidad para que haya armonía en el hogar. Lo mismo sucede con nosotros mismos, no somos un trabajo de un día, somos un trabajo perpetuo, debemos invertirnos tiempo, recursos y esfuerzos para mantenernos y no descuidarnos.

Para llevar esta metáfora a un siguiente nivel, los monjes zen recomiendan tomarse 20 minutos al día para limpiar la casa, y mientras tanto, reflexionar para ponernos a nosotros mismos en orden.

Parece bastante interesante el hecho de limpiar con tanta paz y reflexión, puesto que la mayoría de personas realmente se estresan mucho mientras ordenan el hogar. Hemos escuchado a madres agotadas recogiendo todo y reprochando acerca del desorden de los demás. Claramente, todos en casa deben colaborar, pero al mismo tiempo, deberíamos dejar de ver los quehaceres del hogar con tan mala cara, y más bien aprovechar este espacio de tiempo para nosotros mismos también.

Este consejo consiste en limpiar con consciencia, deshazte de lo que no sirve tal y como te deshaces de los rencores. Sacude el polvo, tal y como te sacudes del descuido hacia ti mismo. Pon las cosas en su lugar, tal y como pones tus prioridades en orden. Dale cariño al espacio que habitas, tal y como debes darle cariño a tu propio cuerpo. Y así sucesivamente.

Debemos tener atención plena mientras realizamos los quehaceres del hogar, aprender mientras limpiamos a deshacernos de las cosas que nos hacen peso y nos contaminan el alma; dejar de lado las preocupaciones, el desgano, la melancolía y hacer cada actividad por pequeña que sea con paciencia y mucho cariño.

Tal vez si empezamos a ordenar la casa de esta manera, nuestra vida comience a encarrilarse también. Y asimismo, ya no tendremos ninguna excusa para decir que no tenemos tiempo para nosotros mismos, pues aun el tiempo que invertimos arreglando la casa y sirviendo a otros, es tiempo de calidad para nosotros.

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